23.2.12

Arquitectura olfativa

No sé si hay algo en común entre el café donde se conocieron Abelardo Castillo y su esposa, con los pasillos de un edificio de mediados del siglo veinte donde vive mi tía abuela (para más precisión, un décimo piso de la avenida Córdoba);en realidad tampoco conozco el café en cuestión, pero conozco varios cafés, y en algunos de ellos respiro ese olor a tía abuela de los pasillos. En los edificios modernos no hay eso, es un olor estándar, un olor cuya pureza ofende al olfato. Quizás sea producto de, justamente, lo nuevos que son; probablemente el hermoso olor que siento en edificios viejos proviene de impurezas que se acumularon a lo largo de su medio siglo de existencia: bolsitas de basura y pasos yendo y viniendo por los pasillos de un décimo piso, concurrido solamente por sus vecinos, pero cada uno de los cuales sale de su casa dos o tres veces al día incluyendo acaso los domingos. Sí, tienen mucha historia, y esa historia se transmite por el olor, y ese es el olor del que tengo la necesidad para alegrar una tarde de feriado lluviosa. Ya sé que los hombres inútilmente desean la inmortalidad porque no saben sentirse felices en una tarde de feriado lluviosa: yo sé bien qué puede hacerme sentir feliz una tarde así, pero no sé bien dónde encontrarlo. Acaso lo supe en Corrientes, siempre que podía iba, y sentía ese olor a encerrado y a historia, a historia encerrada en suma (que no estoy seguro de que sea lo mismo), que se sentía subiendo media escalera, el tufo inolvidable que provenía de los pisos de arriba donde no había ventanas sino hacia la calle, que era un tufo de humano moderno y estandarizado que ni te cuento. Desde la mitad de la escalera (bastaba sólo la mitad de la escalera para sentirme feliz, sin que me echen) se podía ver a la vez un negocio clausurado de diarios Clarín y una tienda de tabaco que todavía seguía funcionando; yo quiero saber quién compraba tabaco en Corrientes donde sólo una vez vi una persona liando cigarrillos. Pero todo eso sumaba, cómo no. Y ésa es la atmósfera que estoy queriendo encontrar en un barcito de por acá; creo que ya visité un par, pero no estoy seguro de encontrarlos abiertos una tarde de feriado lluviosa, a mi disposición con un cafecito con azúcar o edulcorante por las viejas épocas, incluso miel (hace poco descubrí que la miel también endulza). Acaso estoy hablando gansadas y sí están abiertos los cafés una tarde de feriado lluviosa, pero de cualquier manera, no me agrada pagar la cuenta de un lugar sólo por su olor, aunque en realidad lo he hecho por las más variadas circunstancias: cafés de aburrimiento, cafés de vicio, cafés de soledad, cafés de tristeza, cafés de nostalgia, cafés de lluvia, cafés de café, cafés de compañía (que en realidad terminaban siendo licuados de ananá con agua o cervezas de 968 ml.). Preferiría conocer una tía abuela aquí, una tía abuela que no sea fascista (la única tía abuela que conocí acá, era fascista), una tía abuela que acaso no sea mi tía abuela pero con una casa de olor a abuela que pueda visitar cada vez que tenga ganas para sentarme en el zaguán y ver esos cuadros de nenas que las abuelas tienen y que no se saben si son sus hijas sus nietas o quiénes.

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