28.2.12

Córdoba es como un baile



Córdoba

(bueno, carajo, si estás podrido/a de leer sobre Córdoba, retirate que nadie te puso un arma en la cabeza [¡todavía!])

es como un baile. Desde el primer día que la conocí es un baile; un día le dije a alguien que llegar a Córdoba a las siete de la tarde de un domingo [de un sábado, de un lunes] de invierno es como llegar tarde a una fiesta donde no conocés a nadie y todos ya están bailando. Este ánimo lúdico que todavía no me cansa pero que en un momento me cansó, fue la causa de mi primera impresión tan desfavorable; la gente no se quedaba quieta y para peor yo, deprimido y solo, me quedé en un hostel, donde la privacidad no existe en demasía, mucho menos una tarde de temporada alta. Esa gente bailaba en inglés, en alemán y en hebreo y no me prestaba mucha atención a mí, que había llegado con una valija bastante más grande que yo, listo para vivir ahí tres o cuatro días sin reserva hasta tal punto que terminé durmiendo en un armario. Fue una de las mejores semanas de mi vida; un idilio para nada absurdo, sin familia y sin muchos amigos, gastando plata al mejor estilo Alexei Ivanovich, llenándome de préstamos que se me fueron perdonados con generosidad. Yo también bailé, y cómo. Córdoba me invitó a bailar a la pista y allí terminamos mirándonos los ojos bajo las luces de Plaza España como esos enamorados que en algún momento se despreciaron a muerte. Boludeces, pero sigo de alguna manera mirándola a los ojos.

Hoy me sorprendió de nuevo esa sensación. Ya hace un mes que estoy viviendo en Córdoba, está bien que siempre me toma desprevenido con algún paso nuevo, pero en general ya sus mañas no me parecen mañas. Y fui hacer un trámite babilónico y un poco estúpido, me levanté a las nueve y cuarto de la mañana, hora rara en mi reloj biológico (perdonando un poco a Aureliano y a mi despertador, ya que los dos cumplen funciones más o menos comprendidas en el mismo nivel de molestas), como cuando estás leyendo un folleto turístico y de repente te cruzás con una palabra como obnoxious. Después de mi café con leche de rigor que acaso es mi única religión, y de bajar las escaleras para saludar a la portera de la cual jamás tengo noticia al no manejarme en los mismos horarios que ella, salí a la calle: era si los hay un día perfecto para hacer trámites, el cielo está nublado y si bien sentí unas gotitas de llovizna sobre la parte anterior de la nariz, lo más placentero de todo era un viento que venía directamente del boulevard, es decir, sentido oeste, puro desde las sierras y fresco, sorprendentemente fresco. Es así que cualquier camino me daba igual, no quería estar en casa encerrado; de cualquier manera instintivamente tomé el más corto. Y he aquí la danza: en las calles aledañas no se siente, quizás el turista conozca los pasos peatonales que hay alrededor de la plaza principal, no precisamente la plaza principal; para ser más específicos, esquinas como la de Independencia y Entre Ríos, que tienen un empedrado confuso en el cual no sabés si estás parado ya dentro de un bar o sobre la calzada para autos, con una señalética que no sirve más para marcar el convento de las Carmelitas. Y es dentro de todo bastante tranquilo, o más tranquilo que la plaza principal: esto ya es una mezcla colorida de indios que tocan la quena, chinas que quieren entrar a los bancos, diarieros que se quedaron sin autonautas en la cosmopista, señores que caminan con sus hijos que caminan con sus nietos que venden celulares, que compran muebles, que miran con ganas los camiones amarillos de Prosegur; empleados mismos de Prosegur custodiando los bienes de personas que no conocen, con armas en la mano, siempre de a dos, hablando como delincuentes, que bien podrían serlo si no tuvieran un uniforme que los identificara en la legalidad. Caminar en medio de toda esa gente es como bailar; bailar de un lado para el otro esquivando tal o cual hombro que viene a embestirte apurado, así como evitar los autos que en la San Jerónimo (esquina por demás deforme) vienen a su vez evitando colectivos. Atravesar la plaza es otra dimensión de paz; bordearla es más o menos una catástrofe. Allí, lejos, en las esquinas inútiles, crece la piedra gris, mientras que en el medio suben árboles altísimos, árboles fundacionales, que están allí por puro convenio, costumbre y tradición, ya que no creo que sirvan de mucho para absorber el negro tufo de los colectivos que recorren la 27 día a día (no leí estadísticas, pero quién te dice que no van a ser menos de diez mil). Me tocó por otra parte alejarme una cuadra y volver a entrar al baile; ya sin pareja, porque perdí a la china de vista, di un par de vueltas por los bordes de la pista, y hasta en puntas de pie, para que nadie se de cuenta que me iba. Finalmente, ya que había encontrado muchas cenizas pero ninguna cenicienta, volví a subir por la calle más fea y de nuevo a mi barrio, que en comparación es un páramo desolado con confiterías.

La manzana y sus gusanos

2 comentarios:

  1. Alguien diferentemarzo 02, 2012 8:08 a. m.

    Mientras la mañana asoma sus pestañas sobre nosotros (o nosotros nos paramos nos erguimos sobre ella, nunca lo sabremos), la yerba mala pero que sabe tan bien, el cenicero uniforme y original se atasca de cenizas y un chicle de mentol horrible y desgranado por las glándulas salivales de tanto trajeteo en ese entorno húmedo y oscuro; mientras los relojes agotan sus agujas, escucho obreros que gritan fervientemente desgastadas frases al pasar, las luces artificiales comienzan a escasear por la revancha de la verdadera iluminación, subo Balcarce con hostilidad, cuido de que ningún taxista me termine dando un final trágico, escucho Skolvan para aliviar la maldita migraña, recupero alguno de los pensamientos delirados en la madrugada, la ciudad vuelve a funcionar otra vez. Si es que acaso alguna vez ella durmiera...
    Todos corren un viernes a las siete, llevando mochilas pesadas, maletines que ocultan dinero, notebooks o cosas que quizá nunca sepamos. Los unos van hacia sus respectivos laburos matutinos; los otros, a cumplir con sus responsabilidades académicas recién iniciadas. Pero existe otra especie distinta, otro eslabón en la cadena de las posibilidades. Están los que no van a ningún lado o se paran a observar a esos unos y a esos otros. Nosotros, ¿cabemos ahí dentro? Nosotros, los extraviados, los obnubilados, los desganados, los investigadores que se centran en el finito hecho de mirar, ¿seremos mirados? ¿Seremos afortunados? ¿Tal vez desgraciados?

    ¿Cuántas veces nos preguntamos quiénes somos y a dónde vamos y tantas nos contentamos con respuestas simples (o complejas) que, al fin y al cabo, siempre quedan sin resolver?

    Esto me ocurrió una mañana de esas en que la ciudad baila. Baila, corre, juega. También grita; también llora. Es vida en movimiento, o movimiento en nuestras vidas. Poco importa. Bien sabemos que seguirá moviéndose aunque estemos ausentes; es independientemente vital sin mí y sin vos. Sin ellos.

    Cuando caminas aceleradamente por Buenos Aires y estás por llegar al banco de la Rivadavia y justo recordas que no tenías plata y tenes que ir urgente a un cajero. El cajero, como de costumbre está lleno, pero yo no me preocupo y aprovecho para sentarme en un costado, en un escalón de esos que tienen más pisadas Colón y General Paz. Tampoco me importa. Tengo que lavar pronto mi pantalón de colores, algo gastado por el recurrente uso y el tiempo. Entonces me detengo mientras ellos continúan rápidamente con sus trámites de principio de mes. Ahí es cuando las veo.

    Suspendida en el tiempo, ellas están inmutables también. Miro hacia la plaza San Martín, y al lado de la parada del bondi hay una fila cuasi infinita. Los integrantes que la componen no se ven felices. Para nada. "Deben estar por llegar tarde a algún lado", pienso. Pero, ¡qué estúpida!

    Probablemente en esa espera de micro esté presente la mayor diversidad de cosmovisiones de este mundo. Mujeres (poco importa si gordas o flacas, si viejas o jóvenes) casadas, mujeres divorciadas, mujeres comprometidas, mujeres que acaban de perder a su amor, mujeres embarazadas, mujeres que no esperan tener hijos. Los hombres siguen la misma suerte. Trabajadores, desocupados, alcohólicos, drogadictos, estudiantes, niños y adolescentes. Entre áquel coctel revuelto de personalidades, pienso, debe haber quizá un asesino. O tal vez un violador. O tal vez un recién salido de la cárcel. O una persona muy buena. O alguien esperándome aunque nunca nos conozcamos. O de tanto que puede haber, tal vez no haya nada. Tal vez sólo sean ilusiones mías. Divagaciones peligrosas, sin sentido. Como siempre. Nada tiene sentido. Ni vos ni yo.

    Entonces las vuelvo a ver en la vereda. Ellas están ahí ordenaditas, como de mayor a menor. No se mueven, pero también se ven un poco tristes. ¿Se sentirán abandonadas?

    Ellas también en fila, como las personas de enfrente, ¿tendrán problemas? ¡Claro que los tienen, tonta! Pero digo... ¿serán los mismos?

    ResponderEliminar
  2. Alguien diferentemarzo 02, 2012 8:09 a. m.

    En una de esas, alguien me toca el hombro y hace una seña de que me apure. ¡Cierto! Es mi turno. Tengo que entrar al cajero. Ahora recuerdo que estaba ahí para sacar plata y pagar el gas y la luz. Me levanto y las vuelvo a mirar con melamcolía. Las despido sin que nadie se de cuenta. No quiero que piensen que estoy loca. Ni mucho menos. Las motos, grandes, medianas y pequeñas, de todos los colores y los modelos, me miran con envidia. Se dieron cuenta de que las observaba. Se dieron cuenta de yo había entendido que cada una de ellas también era diferente. Como las personas que esperaban ansiosamente subir al colectivo y rajarse de una vez por todas.

    ResponderEliminar