13.2.12

¡Hola, Miguel!

Me pareció de interés general (sobre todo porque es un tema de conversación estándar entre desconocidos), comentarles que desde ayer vivo con Aureliano, un gatito atigrado cordobés de tres meses de edad. Solía llamarse Bocadito, no me acuerdo por qué, pero decidí en buena hora cambiarle el nombre por el del conspicuo coronel, y pese a que todavía nos estamos conociendo, nos llevamos bien; él con su inexpresividad juguetona y sus saques antropomórficos que asustan, y yo con mi irresponsabilidad y mi descuido, que a veces no sirve ni para aguantarme a mí mismo. Duerme en el placard de noche según he descubierto, a pesar de que doné una almohada a la causa que el usa de manera muy antropomórfica también: duerme con la cabeza apoyada en la almohada y el resto del cuerpo peludo y gris en el piso de cerámica. La mayor parte de su tiempo lo ocupa en morderme los pies o rasguñar las sábanas, actitud sobre la que tendré que aplicar el conductismo de Pavlov, según me dijeron, y pegarle con un trapo y decirle NO vehementemente. Muy seguramente no lo haga.
Sus mayores diversiones son dos medias de mujer que no sé por qué estaban en mi placard. También le gusta desordenar las piedras de su caja, que es demasiado chica para él, y comer con la cabeza gacha y tranquilamente antes de arremeter con toda furia a mis pies que andan preparando café alrededor de la mesada de mármol. Compartimos el atún; a él le gusta más que a mí, me temo, y eso que me gusta mucho. Todavía no salta demasiado y no ha causado mayores desastres que el de tirar mi araña portasahumerio al piso y desordenar mis papeles de la inmobiliaria -que son los menos importantes.
Quiero aprovechar este espacio para disculparme por mi reciente falta de productividad; no tengo excusas, simplemente la mente muy corta.


No hay comentarios:

Publicar un comentario