13.2.12

Más de la docta para empachar

De tanto hablar de cosas con Bruno
(léase de Beirut, Kerouac, Jazzuela, Residentes, Palm Springs, Los Ángeles [léase Bukowski {léase Kerouac}])
me dieron ganas de escribir. Nuestro tema de conversación todavía (porque me metí al blog mientras hablo con él, sólo para escribir sobre esto mientras todavía tengo ganas de escribir sobre esto), es, entre otras cosas, los antros de mala muerte, que él me cuenta unos de Venice Beach, CA, refaccionados para funcionar como bares y viviendas -Usina un poroto-, y yo por mi parte los bodegones de mala muerte de la Balcarce que es todo lo que tengo a mi alcance pero que no deja de ser poco, y sus franquicias de la zona de Puente Centenario, territorio más áspero, más oscuro, "que favorece el amor y la delincuencia en proporciones más o menos iguales".
Me pidió ser un anfitrión apropiado en la capital cordobesa y de paso esto me recuerda que debo un proyecto que nunca terminé: un recorrido fotográfico por la ciudad reciente, nueva, y perforadora de emociones. Fotografías demás está decirlo no tomadas por mí, o probablemente tomadas por mí con cámara prestada, requeriría un laburito pero lo haría más personalizado, más querible.
Una prosa que molestaría a JP Feinmann, sí señor, pero en este momento tanto el estado climático del barrio como el estado de mis responsabilidades molestas como moscas están desordenados; y Aureliano duerme en el placard, escondido entre dos cajas de zapatos y una bandera de manzana.
Sí, antros de mala muerte: me hablaron que más allá del puente que mencioné se extiende Alta Córdoba, un barrio alto de casitas chalet muy prolijas, con rejas correctamente pintadas y terrazas llenas de azahares; prolijos parques sin redondos de colores pero con palomas, arbustos, juegos para niños recién pintados y una vista majestuosa de la ciudad que, babilónica, se extiende abajo. Para comenzar, la zona de la terminal, que es donde vivo yo: ya de este lado del arroyo (porque estos dos paisajes están separados por un arroyo que a veces incluso se sale de quicio), aparecen como manchas oscuras en la poetisa de las veredas infinitas, comunidades de drogadictos, milanesas a 15 pesos, rapipagos, fábricas de sándwiches, latas de agua tónica, compraventas de heladeras. Bordeando el arroyo el paisaje es el mismo, sumando quizá algún prostíbulo y alguna ferretería. He caminado por allí convencido de que estaba en Santa Fe; he caminado en Santa Fe sin perderme porque sabía llegar a mi casa de Córdoba. Es todo lo mismo, "todas las ciudades la ciudad".
Estoy perdidamente enamorado de sus paisajes, sus caras y su gente, y a pesar de que seguramente no viva aquí toda mi vida porque ya estoy armando el equipaje para irme a Rumania en el año 2014, estoy ansioso sobremanera de hacer de guía turístico para cualquier persona que le interese lo que a las demás, por lo general, les resulta cotidiano, irrelevante y soez.

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