24.2.12

Patada en los cojones sin título

Debería estar durmiendo (es jueves), puedo entrever entre mis cortinas coloreadas algún empresario modesto que ya se levantó para hacerle el desayuno a su esposa. A las 4 y 20 de la mañana me preguntaron qué hacía despierto; ya son casi las 6. No quiero ahondar en detalles de cuán bella está la noche, en la correntina vida vi una noche tan fresca y apacible, ni siquiera teniendo en cuenta que ya son sus últimos minutos. Después de estar media hora acostado volví acá para escribir otra -espero que última- cosa; mi estado de humor, que durante toda la noche fue óptimo, a la hora de adoptar la ansiada posición horizontal cayó, cayó muy bajo. Tampoco sobre esto quiero ahondar en detalles.

Me di cuenta que estoy enojado con alguien. Ese alguien debería suponer que yo estoy enojado, aunque no es de mi carácter enojarme; menos con ese alguien, dado que toleré sus irresponsabilidades toda mi vida. No espero que lo conozcan y decididamente no voy a ser yo quien cuente mi historia, y en realidad esto no tiene por qué estar a la vista de ustedes, exponiéndose cual histrionismo sin apropiada canalización; por lo demás ya es demasiado tarde y debería arañar las paredes para poder dormir en vez de estar arañando el teclado con los resabios tontos de mi propia indignación. Pero quisiera transcribir, así, no fielmente (porque todo lo que transcriba será destruido en el momento en que tenga que gritarlo, valga la redundancia, en forma oral), lo que mi enojo provoca, lo que mi indignación propone. ¿Políticamente correcto? ¿Justo, patriota? ¿Patafísico? Lo cuelgo acá porque todavía está exento de juicios esto que estoy por escribir; en el momento en que lo diga, los juicios se verán, espero que el receptor auditivo y atento cierre bien el culo de apestosas y fútiles opiniones.

Dieciocho años bancándome irresponsabilidades. ¿Vos creés que me gusta que me tomen de gil? A mamá, ¿vos creés que le gusta enfrentar esto sola? ¿Siempre fue así de mala para elegir pasatiempos?
Ya conseguí laburo. Seamos honestos, sé honesto con vos mismo porque yo no te estoy pidiendo nada por compromiso: no querés aparecer, no es que te hacés el boludo porque sí, no querés aparecer y listo, aunque quieras no podés. Ya estamos grandes para andar esperando que te recuerden tus responsabilidades; o las asumís, o no las asumís, pero bancátela. De cualquier manera, no te preocupes que ahora ni siquiera sos necesario. Ya no vamos a andar boludeando como moscas alrededor tuyo esperando que aflojes algo, ya podemos prescindir de eso, del boludeo incesante, de la insistencia que aparentemente te mata. Del ¡ah, cierto!, fingido o no, tardío siempre, dejate de joder. Ya conseguí laburo. Lo mejor que podés hacer ahora, si no te nace colaborar ni siquiera (y ahora por favor, que no sea por compromiso porque ya aprendimos cómo no necesitarte); mantenete al margen, en la puta vida espero que tengas la intención de decirme a mí cómo tengo que vivir, porque decididamente vos no la tenés muy clara y en cierto modo estás muy, muy equivocado. Sólo puedo esperar una cosa: que cuando me toque estar en la situación donde estás vos ahora, ojalá no me nazca ver a mis propios hijos como clientes o parásitos con los cuales hay que prever, negociar, endurecerse, cerrarse, alegando con falsedad que me están pidiendo mucho más de lo que puedo darles.


Hola. Si leíste reaccioná. No me hagas putearte -va a ser mucho menos llevadero.

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