17.2.12

Srñomi

Hasta las 3 estaban abiertos los museos; hoy era 'noche de museos', se da una vez por año hoy jueves y muchos cordobeses (y muchísima gente que no era cordobesa) se habían amontonado en las puertas del Palacio que con sus luces rosadas sugestivas, prendidas hasta hace un rato, iluminaba el espacio que hay entre las rejas y su dorado acabado; adentro, el césped era pulmón y los jóvenes miraban la luna.
Ahí fui; no diré que me enamoré porque sería una redundancia y quizás una exageración. Me produjo una sensación parecida a la que me produce la Ciudad en general; causa es sin duda de mi prosa horrible que quiere explicar con palabras (error desde el vamos) imágenes que vi y que me asombraron. Seguramente no volveré a pisar el Palacio en mucho tiempo porque es algo un poco alejado tanto de mi gusto como de mis posibilidades; la gente se amontonaba hoy porque en la trasnoche, horario por demás hermoso, la entrada al Palacio era gratis y se podían ver los cuadros de cerca y degustar desde dentro los balcones que alguna vez pisó algun rey, la araña bajo la cual la esposa del mismo rey se paró con su vestido blanco inacabable, y las escaleras que se ven pero ya no se usan.
Dentro había, cómo no, cuadros increíbles. No sabría si son de valor incalculable o si tenían valor alguno; eran sencillamente increíbles. Más que nada fechados a principio del siglo XX, los cuadros de arte contemporáneo eran raros y luego vi que en realidad lo que habían hecho eran amontonarse en otro lugar que se llevaba las impresiones más vivaces. Increíbles también eran los objetos que formaban el decorado infinito del Palacio que, increíblemente, pertenecía a alguien y que ahora pertenecía a todos -por lo menos hoy. Detalles como el final de los pasamanos de la escalera eran de una belleza que, en todo lo que deslumbraba, no podría comenzar a describir. Fue entrar en el hormiguero más vivo y feliz que mis ojos habían visto. Las escaleras, curvas, dobles, que llevaban la vista para los costados reptando por los peldaños por entre las galerías blancas hacia las ventanas que, rosadas, titilaban al fondo, estaban pobladas de gente, de gitanas que sacaban fotos a sus hijas que en el nivel inferior aguardaban; de viejos de sombrero que pensaban poesía en la cabeza y desarmaban acaso la estructura que diseñó otrora un arquitecto loco.


Veinte minutos después fuimos al otro museo. Y fue salir del zaguán del manicomio para entrar en el manicomio mismo; ya las paredes grises lo hacían horrible, hermoso, impresentable. Y venía, como pateando la escenografía, Milo Lockett mismo con su ingenuidad adolescente y el orgullo de mostrar murales enormes de arte en bruto, colorido autodidacta, chaqueño -cómo no, de algún lado sonaban sus formas risueñas. Y mensajes en las paredes que te hacían creer que vos podías comenzar a adivinar dónde la mente del artista estaba divagando mientras al mismo tiempo guiaba su pincel por la mano de una manera que a primera vista parece arbitraria pero no es; discúlpese si mi prosa pobre no puede explicar algo que se ve y que acaso alguien haya visto. Pareciera inspirado en los sonidos de la calle, en los diálogos de las señoras, en ese tren que había visto hace media hora en un pasaje de la Quiaca y ahora estaba sonoro, llegando.
Tres o cuatro millares de curiosidades más se avecinaron próximamente, y no las quiero relatar; recuerdo casi nítidamente la imagen del faro irguiéndose por encima de una estructura en construcción desmesuradamente grande, y a lo lejos el parque Sarmiento extendiéndose en toda su oscuridad intrigante; más abajo la Balcarce y la casa misma, con ese efecto que tienen las calles cordobesas de saberse muy cerca y a la vez estar metros por debajo de nuestros propios pies. Entrando de nuevo a un pasillo lleno de fotos de gente anciana bajo el agua, de alguna manera supimos subir una escalera y, metidos de lleno en el personaje intrigado de quien ve una maravilla por primera vez, pasamos a través de un corredor negro y, de una manera que jamás entenderé, vislumbré impresionado la palabra Srñomi.
No es éste
¿Alguna vez notaron, al llegar a un lugar, que ése lugar sería el que los sorprendería?
Nada tengo para decir sobre Vázquez; un artista tan talentoso que las letras de alguien, por menos conciso que sea, no podrían abarcar el vértigo de su ironía y los pasajes que él supo pintar de noche (de noche y sobre un lienzo, y transmiten la noche entera, una noche liviana pero inequívocamente noche).
Marcos de madera de tamaño variable pero casi todos pequeños, representaban paisajes trastocados por símbolos, que a su vez representaban un idioma acaso arbitrario (aunque algunos, vi, estaban escritos en neerlandés). Pude fotografiar un par, y no son malas fotografías pese a no ser las mejores, y cuando disponga de ellas haré de esta entrada un apéndice. Perdóneseme el abuso de hipérboles; recuerdo haber mirado el mismo cuadro quince minutos sin dejar de sentir que estaba observando ahí, en la noche, el amanecer que difuso se cernía pese a que de este lado era increíblemente noche, noche densa, noche cerrada, noche fría, y yo en movimiento. El cuadro mismo se movía. Se caía hacia delante en toda su inmensidad azul y al fondo, tras las casas y tras los baldíos, estaba el cielo que se tornaba naranja y más arriba, tras las formas geométricas que lo cortaban, más rasgos de un idioma ininteligible. De este lado y a mi izquierda, había una pequeña inscripción. Recuerdo vagamente qué decía pero no quiero incurrir en errores; la transcripción vendrá con la imagen. Es una cosa bellísima. Salí convencido de que nunca había visto un cuadro así de hermoso.
Salir del museo fue un poco volver a entrar, y bajar por la avenida con parterre para llegar a mi casa, un poco en la noche que se hacía más húmeda y más calurosa, era ver la ciudad que seguía funcionando, respirando casi al mismo ritmo que el día, como si las hormigas que conforman las luces amarillentas del boulevard nunca durmieran, como si vivieran en detrimento de dormir.
Torpe pero detalladamente quise transcribir las impresiones que me dio esta noche. No sirvo de crítico ni de descriptor, acaso una simple recomendación que no llegue a nadie; desde un comedor con luz azulada: vengan, vayan, es un lugar realmente hermoso.

2 comentarios:

  1. Pero vo so loooooco? damn good descriptor you are. Me diste ganas de estar en Guanajuato a la 1 de la mañana afuera del bar-cueva frente al museo otra vez.

    No sé nada de Córdoba, ni dónde queda, pero lo que escribes hasta el momento me ha transmitido lo que es para mi Guanajuato. Tal vez no tengan la misma estructura pero sí el mismo sentimiento, damn sí.

    En cuanto a la pintura cautivante, no pude evitar recordar a David Lynch. http://www.youtube.com/watch?v=SAfgPMiwRps

    Algo así fue?

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  2. Mirá vos! Sí, es algo así. Pero la técnica de este tipo era un poco más indirecta: en ningún momento recurrió al color negro. Representaba la noche claramente mediante azul, rojo y verde, y más que nada dibujaba paisajes de bosques o de caminos.
    Puede ser lo de Guanajuato, porque las ciudades coloniales de más o menos la misma época tienen más o menos la misma estructura.

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