22.2.12

Un mes mal que mal bien cordobés

Ya sé, otra vez tendría que estar estudiando, y otra vez estoy mirando al mundo desde el fondo de una fuente de agua azul purísima; ya me vienen las ganas de escribir sobre Córdoba, no, hoy sobre Córdoba no voy a escribir, si bien es algo que flota en el aire como el aceite evaporado del hornillo.
Hoy se cumple un mes que llegué, casi un mes de vida en solitario. ¿Qué fueron de mis noches y mis días en este lugar tan lindo? Noches, caminé muchas. Días, dormí la mitad, la otra mitad creo que se fue en tazas de café y sus restos: a esta altura estoy convencido que las tazas y las cucharas fueron los utensilios que más usé en mi estadía. Otra vez son las 4 de la mañana, otra vez tengo sueño, otra vez tengo pila de cosas para estudiar. Textos principales, textos complementarios. Esto hace un mes no era así; me hubiera matado el desarraigo y el aburrimiento si no hubiera sido por mis amigos geniales, que de a poco se van extendiendo, van encontrándose entre todos, van uniéndose como se unen los nudillos de la plastilina de Svankmajer sobre la mesa. Y es genial: los círculos se funden en un abrazo alrededor de mí y no se puede estar solo, ya de nuevo somos muchos en la Embajada, ya nos juntamos entre cuatro o cinco a llorar temas de chamamé, o a reírlos todavía (porque mal que mal hace un mes estamos aquí y ni eso). Ya se está volviendo un pueblo Córdoba, un pueblo con las calles muy anchas, y todo eso me ayuda a no extrañar.
Pero dije que no iba a hablar de Córdoba. Iba a hablar de mí -para variar y como recomendó cw.-, pero es imposible hablar de mí en detrimento de todos estos demás aspectos. ¿Qué debería relatar, mi desayuno? Mi desayuno que de por sí no es igual a todos los desayunos que tenía en Corrientes, si es que alguna vez los tuve; ya el último tiempo no vi los albores de la mañana, no sea así al revés, cuando la mañana venía a mí y no cuando yo volvía a ser yo para ver nacer la mañana. En Córdoba la cosa no es muy distinta, pero secretillo que mis progenies ni nadie sabe: yo desayuno en vez de almorzar, almuerzo en vez de merendar, meriendo en vez de cenar y acto seguido duermo. Mi horario de comidas está retrasado tres o cuatro horas, y es la magia de vivir solo y no tener que lavar los platos -porque como después de lavar los platos, nunca al revés. De esto hace un mes. Todas las cosas, o casi todas, las que están metidas en este departamentito, no las compré yo pero son cosas mías, todo es mío, todo lo poseo, el departamento no pero por eso se llama 'inmueble' y por eso es, quizás, tan prescindible: el prefijo bastardo le saca la gloria y se vuelve prescindible, todo lo demás, lo de adentro, se vuelve no imprescindible pero mucho más importante y sobre todo encantador. Y he descubierto que hay dos clases de cosas dentro del departamento que es casi mío: una clase de cosas que no me guardan ningún misterio y son en su mayoría descartables (como una esponja, un tubo de dentífrico, una lata de salsa portuguesa); y cosas que pertenecen a una segunda casta, un poco más heterogénea que la anterior, de contenido acaso indescifrable, largo, tendido, abierto, ambiguo, complejo: Los hermanos Karamazov, el cuaderno que escribí cuando tenía 14 años, los apuntes de Semiótica que tengo que leer para mañana, el humor de Aureliano cuando no quiere comer, y la lámpara de lava violácea que siempre, siempre, parece guardarme alguna sorpresa antes de apagarla para dormir, con su luz tenue iluminando desde un rinconcito, el opuesto a la lámpara de alto consumo que dejo prendida sin que mis progenies ni nadie sepa, ni Greenpeace, qué carajo, por las dudas.

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